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La construcción de la red ferroviaria peninsular en el siglo XIX tuvo por objetivo vertebrar la nación española

Por Agustí Alcoberro, Profesor de Historia Moderna de la Universitat de Barcelona

Los problemas de infraestructuras que arrastramos tienen un precedente: la construcción de la red ferroviaria española a mediados del siglo XIX. La primera línea de trenes peninsular comunicó Barcelona y Mataró en 1848 y era de iniciativa privada. No fue hasta siete años después que unas Cortes de mayoría progresista aprobaron la ley de ferrocarriles. La ley permitió multiplicar en pocos años la red ferroviaria peninsular: si en ese momento el ferrocarril tan solo disponía de unos 500 kilómetros de vía en España, diez años después había conseguido hacía los 5.000.

Este esfuerzo enorme se financió con dinero público mediante la desamortización de los bienes y tierras de los ayuntamientos, cosa que disminuyó la capacidad de financiamiento de los municipios y aumentó las desigualdades sociales. Además, la planificación de la red de ferrocarriles obedeció a un estricto planteamiento ideológico. Se trataba de hacer nación española dibujando una red radial que tenía su punto de salida y llegada en Madrid. Subsidiariamente, también se tenía que construir el mercado español, ya que hasta entonces la economía de las áreas litorales se articulaba mediante el comercio naval con otros países, de espaldas al centro de la península.

La ley financió la construcción de vía férrea a un tanto el kilómetro, lo que estimuló la creación de nuevas vías de escaso o nulo interés comercial -y especialmente allí donde las características del relieve lo hacían más fácil. Muy pronto, la red radial construida por toda la Meseta resultó un fiasco. Un gran número de líneas cruzaban amplias extensiones absolutamente vacías y comunicaban ciudades poco pobladas, en largas jornadas que sólo terminaban en Madrid.

Por ello, el negocio que había sido la construcción, subvencionada por el gobierno, fue un fracaso a medida que las líneas se fueron poniendo en funcionamiento. Sólo el ferrocarril del Mediterráneo, construido con muchas dificultades, y la nula implicación del estado, entre Alicante y Girona, llegó a ser un espacio de intercambio humano y de mercancías económica y socialmente positivo. Además, la legislación española optó por un ancho de vía diferente del francés, lo que a la práctica imposibilitaba la conexión de nuestros trenes con Europa.

Pero el enorme despropósito que supuso esa empresa también tuvo repercusiones políticas para sus mismos instigadores. El fracaso de las compañías ferroviarias provocó la crisis financiera de 1866, que supuso la fallida del sistema bancario y el cierre de un gran número de entidades de crédito. La construcción de nuevas vías también se paró de golpe durante un largo período. Se acababa lo que llegó a conocerse como la “fiebre del oro”.

Poco después, se produjo la liquidación del régimen político de los Borbones. La Revolución Gloriosa de 1868 obligó a la reina Isabel II a huir y dio paso a las primeras elecciones constituyentes democráticas. Cinco años después, en 1873, se proclamaba la Primera República.

Por supuesto, cualquier parecido con el presente es pura coincidencia.[/fusion_text][/one_full]