Cataluña tiene todas las condiciones para ser un espacio de conocimiento y talento de referencia en el sur de Europa, excepto la soberanía necesaria

 

Imma Tubella, doctora en Ciencias Sociales y Catedrática de Comunicación de la Universidad Abierta de Cataluña (UOC)

 

Cataluña no es un país con grandes recursos naturales en el sentido clásico del concepto. Su mayor recurso natural son las personas, las personas con una educación de calidad adaptada al mundo del siglo XXI. Hoy día, las naciones fuertes y de vanguardia se construyen con ciudadanos bien preparados, creativos y emprendedores en cualquier área en la que trabajen, sea en el sector de la salud, industrial, académico o el de servicios, por citar algunos ejemplos, y esto solo se consigue con una educación capaz de dar respuestas a las necesidades y a las preocupaciones de la sociedad, en cada época y en cada momento. La riqueza  de las naciones depende, por encima de todo, de la calidad de la educación, de la plena integración del conjunto de la población en el sistema educativo y de la fluidez de la relación entre las instituciones de la sociedad, y el sistema educativo y de investigación, no siempre evidente.

Hace veinte años que el mundo se está transformando a marchas forzadas y, con él, todos los sistemas educativos, mientras que nosotros, sujetos a un Estado español que no tiene la educación como prioridad, estamos luchando por salvar los muebles de las ocurrencias o de la inmovilidad de un u otro ministro, yendo de una ley de educación a otra, a cuál de ellas más retrógrada.

Ahora que nos preparamos para cambiar las reglas del juego, la preocupación por nuestro sistema educativo debería ser una de nuestras prioridades.

En otros momentos menos propicios Cataluña ha situado la educación en el centro de sus preocupaciones nacionales. En las Bases de Manresa (1892) se insiste en la necesidad y urgencia de adecuar la enseñanza pública a las necesidades de Cataluña, y a partir de aquí surgieron muchas iniciativas -como la de dar una nueva orientación al Magisterio para convertirlo en una fuerza de renovación pedagógica y nacional, o la de reinventar la formación ocupacional que tanta falta nos haría en este momento- y se crearon instituciones con la estrategia clara de preparar a los ciudadanos para un nuevo país.

¿Tenemos hoy día el sistema educativo que necesitamos? Sinceramente, pienso que no. Y este no es un problema solamente nuestro, sino que es un problema global con algunas excepciones. ¿Cuáles? Los países que hace veinte años supieron ver que la sociedad industrial llegaba a su fin y que iniciábamos una transición hacia un nuevo tipo de sociedad, digámosle sociedad de la información, sociedad del conocimiento o sociedad red, donde todo y todos estamos conectados, donde los contenidos son abiertos y donde lo que hace falta es repensar estructuras, planes de estudio, niveles, exámenes y metodologías, y muy especialmente, formar buenos mentores y buenos tutores capaces de evaluar y relacionar necesidades y conocimiento, y sobretodo, fomentar el pensamiento creativo y el talento.

Cataluña tiene una enorme necesidad de talento y el desarrollo de este talento empieza con una educación que abra puertas y ventanas, no que las cierre o en el mejor de los casos, solamente las abra un poco, o a medias. Por otro lado, ya hace años que dispone de todas las condiciones para convertirse en un espacio de conocimiento y un nodo de talento de referencia en el sur de Europa que no acaba de cuajar porque a pesar del margen de maniobra que le permite la autonomía, no es soberana. Y si queremos ser un país de primera división, porque tenemos todas las condiciones para serlo, necesitamos poder tomar las decisiones que nos favorezcan, no que otros, con otros intereses, las tomen por nosotros.

Ahora que tenemos la urgencia y la gran oportunidad de construir un país, deberíamos tener en cuenta que con la educación nos jugamos el futuro. Seremos aquello que sea nuestro sistema educativo.